En Defensa del Reggaeton

Entiendo a las personas que no les gusta el reggaeton. En especial en los lugares donde es ubicuo. Puedo imaginar perfectamente por qué su sonido y letras generan rechazo. Mi historia con el reggaeton no fue de amor a primera vista (oída). A comienzos de la década del 2000 mi gusto musical giraba alrededor del reggae y el hip hop, y las primeras canciones de reggaeton que comenzaron a pegar en Colombia me parecían monótonas y de mal gusto. Hago un paréntesis aquí. Pienso que se debe escribir reggaeton, o reggaetón cuando mucho, pero no reguetón. Así como reggae no lo escribimos regué, ni jazz, yas, ni blues, blus.

Todo cambió a finales del 2003, cuando alguien me recomendó el álbum “El Abayarde” de Tego Calderón. Para mi el mejor album de reggaeton de todos los tiempos. Para los que no lo conocen, El Abayarde es un viaje por el hip hop, el reggae y la salsa, que por supuesto alcanza su cima en el reggaeton. A partir de ese instante, mi relación con el género cambió por completo. Pasé de odiarlo a adorarlo.

No pienso hacer aquí una defensa erudita del reggaeton, como la que hizo una reconocida intelectual colombiana, argumentando entre otras cosas que representa un paso adelante en la liberación sexual femenina. Si bien su teoría tiene algo de validez, a mi juicio es una lectura acomodada y miope, que no cuenta la historia completa.

En esencia, el reggaeton, como el hip hop, habla de la vida de un individuo (casi siempre un hombre), que gracias a su talento logra escapar de la pobreza. Y en él, la mujer es sí un objeto de deseo, pero objeto al fin; que se descarta una vez se usa. Son muy pocas, por no decir ninguna, las canciones de reggaeton que celebran un amor duradero.

Entonces veo el punto en las críticas que se le hacen por los valores que transmiten su narrativa y estética. Pero pienso también que su manifestación, más que la enfermedad es el síntoma. La enfermedad hay que buscarla en la pobreza y la falta de oportunidades. Pero sobre esto no me quiero extender. Mi argumento en defensa del reggaeton no va por ahí.

Mi punto es que nos guste o no, su ritmo puso a bailar al mundo (en transito hacia Rusia oí reggaeton en una cafetería en un aeropuerto en Letonia!). Y tiene al planeta entero gozando. De Los Angeles a Tokio, de Buenos Aires a Moscú. Sus principales figuras se encuentran hoy entre los artistas más escuchados en plataformas como YouTube o Spotify.

Y esto lo que representa es una valorización de la cultura de donde proviene. El mundo está rendido a los pies de la cadencia del caribe, de la desinhibición de su baile y la soltura de su lengua. Ya ni siquiera nos tomamos la molestia de cantar en inglés, al revés, los grandes ídolos americanos colaboran con los nuestros y cantan en español. Gracias al reggaeton, lo latino, los latinos, estamos de moda.

Si somos lo suficientemente inteligentes para capitalizarlo, podemos subirnos en esa ola y explotar más expresiones de nuestra cultura, como lo hicieron los gringos a través de Hollywood o los surcoreanos con el K Pop. En esto radica mi defensa del reggaeton. En que su éxito internacional valoriza un elemento característico de nuestra cultura, tan escaso en otras, como lo es la fiesta por la fiesta en sí, el baile por el baile en sí, por el goce, por la dicha, porque nadie nos garantiza que mañana sigamos vivos.

Y ese reconocimiento que el mundo hace a uno de nuestros valores, nos permite dar un paso sustancial para afirmarnos como cultura, para mirarnos al ombligo y sentirnos orgullosos. Como los franceses de su gastronomía o los alemanes de sus carros. Porque en esa baja autoestima colectiva está uno de los mayores daños que nos han hecho los siglos de colonialismo, racismo y clasismo. Dejemos entonces que el reggaeton se siga regando como enfermedad por el mundo, porque entre más lo hace, más nos cura.

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Colombian living in Brussels. I write about football, politics and reggaeton / Colombiano viviendo en Bruselas. Escribo sobre fútbol, política y reggaetón

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David Abuchar Luna

David Abuchar Luna

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